
por Ana Spadafora (*) y Ariana Vacchieri (**)
"En
favor de la paz, por la alegría y los panqueques”: con este lema
se inicia oficialmente el 1
de Julio de 1989 la Love Parade o “Desfile del amor” cuando unos ciento
cincuenta jóvenes encabezados por dos djs de música tecno: Dr. Motte y
Westbam, solicitan permiso al ayuntamiento de Berlín para realizar una
demostración “política” consistente en una marcha de cinco horas,
encabezada por un carromato, por la avenida principal de Berlín Occidental, la
Kurfurstendamm. En la manifestación había música y baile en vez de consignas
y los jóvenes se manifestaban a favor de
la tolerancia y la amistad de los pueblos en vez de manifestarse en
oposición a.
La
Love Parade, es hoy un multitudinario desfile, con carromatos gerenciados por
los más destacados discjockeys del mainstream de los distintos tipos de música
tecno (House, Progressive, Gabba) y con empresas organizadoras que realizan
inversiones millonarias. Convoca en Berlín cada verano a más de un millón de
personas de toda Europa que bailan ininterrumpidamente en el Tiergarten, el pulmón
verde más importante de Berlín, y las calles vecinas. Con el correr de los años
el evento alemán se convirtió en modelo y referente para fiestas similares en
otros países. Así comenzaron a realizarse Love Parade
en Tel Aviv , Viena, Leeds, Capetown, Ciudad de México, y otras ciudades
como Hong Kong, Nueva York, Moscú y Barcelona están por incorporarse a la
lista.
En
Alemania, la Love Parade es la celebración más importante de la cultura tecno,
que se distingue por abandonar la filosofía oscura y pesimista de los punks o
los dark waeve de los años 80, adoptar una actitud positiva frente a la vida y
la sociedad y manifestar la emoción que genera “la música por la música
misma”. Con lemas como "One Nation, One Family"
o "You can not stop love", proclama una idea de pertenencia
comunitaria universal. Los participantes o “ravers” (rave= megafiesta) se
manifiestan en contra de la moda y la estandarización y adoptan looks muy
variados: desde vestuario ciberguerrero a trajes de peluche, suelen incorporan
materiales plásticos e industriales a sus vestimentas y hacen culto de series
televisivas espaciales como “Star Trek”.
La
caída del Muro de Berlín es una de las claves para comprender el
movimiento tecno. Las huellas de la historia en la ciudad de Berlín y sus
alrededores multiplicaron espacios en desuso --fábricas de principio de siglo,
búnkers de guerra, pistas de aterrizaje, talleres- que fueron reutilizados por
los jóvenes para diversas actividades y se convirtieron en el ámbito del
naciente movimiento. Los contemporáneos alemanes del Este y del Oeste
exorcizaron esos espacios y compartieron una experiencia vital común en una
ciudad que se encuentra, aun hoy, en proceso de reunificación. Mientras
agrupaciones nacionalistas y jóvenes de cabeza rapada proclaman con la mano
extendida “ich bin stolz ein Deutscher zu sein” (estoy orgulloso de ser alemán),
los tecnos quieren otorgar otros sentidos a ese orgullo, condenando la xenofobia
del movimiento radical de ultraderecha y sus manifestaciones juveniles y
proclamando a la música como principio de armonía y comunidad entre los
pueblos bajo el lema "One World ,One Love Parade" , que es hoy, ante
todo, un símbolo de identidad.
A
diferencia de la mayor parte de los testimonios fotográficos sobre el evento
--que muestran en forma panorámica la fiesta, sus vínculos con la ciudad o sus
bizarros protagonistas, sin internarse en el sentido que tiene para los
participantes-- las fotos de Lena Szankay buscan descifrar la intimidad de sus
actores. Con ellos establece un vínculo deliberado, que no es un acto de
registro sino casi de idealización, en tanto la posición de la cámara los
hace ver grandes, los fragmenta, los vuelve hiperreales. Esta mirada, lograda
mediante el uso permanente del close up,
o sea, tomas de cerca, sin teleobjetivo, le da un sello particular a las fotos,
que a la vez las vuelve inútiles como documento periodístico (las fotos son
mudas, no dicen prácticamente nada sobre la fiesta ni de la ciudad donde se
realiza) y las destaca como síntoma de una cultura de la diversidad. No son
fotos de la Love Parade sino fotos con el espíritu de la Love Parade.
Los
trabajos de Lena casi no muestran rostros, ni guiños de complicidad con el fotógrafo,
ni sonrisas, ni gente que saca la lengua porque saben que la están mirando. Ni
siquiera aparecen cuerpos sino trozos de cuerpos: brazos, nucas, pelo, orejas,
torsos, todos ellos hiperproducidos, estilizados por los accesorios, los
anteojos, los tatuajes, el piercing o la lente de la cámara. En suma fragmentos
de una identidad que dejó de centrarse en el sujeto y el rostro y que colocó
el cuerpo como campo de batalla de las luchas culturales.
Este
abordaje es un eslabón más dentro de una preocupación constante de la autora
a lo largo de su trayectoria: el interés por el cuerpo en tanto espacio donde
se plasman las huellas de la cultura y la identidad. Este tema motoriza buena
parte de su obra y supone una reflexión sobre su propia identidad, abonada en
parte por la historia itinerante de Lena y su condición de extranjera en todas
partes y en parte por su sólida identificación con la Love Parade como ámbito
de pertenencia: ella no es ciudadana de un país sino de una época y una
cultura.
La
música electrónica, de la cual el tecno es una variante, es música
sintetizada en la computadora a partir de la incorporación y combinación de
sonidos de todo tipo: instrumentos tradicionales, ecos de la naturaleza, voces
humanas, ruidos eléctricos, en un ritmo de cuatro tiempos. Se hace con la lógica
del “copy and paste”, lo que da como resultado sonidos con texturas no
habituales. Los DJs, que son los creadores de estas bandas sonoras, han tenido y
tienen grandes inconvenientes para ingresar en la categoría de músicos, ya que
muchos de ellos ni siquiera saben tocar algún instrumento, aunque tienen un
brillante manejo de computadoras, samplers y bandejas. Sin embargo, hoy tienen
tanta popularidad y seguidores como las más famosas estrellas del rock, y
generan éxitos equiparables a los grupos o solistas de la industria musical.
Pero
las fiestas rave no solo se caracterizan por su música sino por un complejo
despliegue estético: las luces “laser” y su coordinación con la música
apuntan a crear entornos, ambientes. Los participantes en trabajadas vestimentas
suelen consumirr "extasy" o
“droga del amor”, cuyo efecto es colocar en un primerísimo plano las
sensaciones y emociones, a nivel psíquico y físico: se siente el cuerpo, por
eso se baila. La Love Parade, entonces, no solo pone en escena la continuidad
del tecno con diversos géneros musicales (desde ritmos tribales a música
disco) sino que revela el nexo entre música y fiesta en un contexto de expresión
comunitaria, lo que permite definirla como una performance
colectiva, es decir un cruce de múltiples
prácticas como la danza y la música junto con el teatro y los medios
audiovisuales, todos ellos atravesados por la tecnología, y una exaltación del
cuerpo, sus acciones y relaciones en un tiempo y espacio acotados. Si bien los jóvenes
no manifiestan intereses políticos o grandes ideas comunes, comparten la
tolerancia hacia el otro, que sus cultores llaman “amor”.
En
este sentido, la Love Parade, como máxima expresión de las fiestas rave, es
tanto un evento comunitario y festivo como un ritual, una danza, una mímica
donde la interpenetración de géneros es lo que le otorga su singularidad. El
uso de grandes carromatos que recuerdan los desfiles del carnaval de Brasil, la
ornamentación de los cuerpos, las puestas en escena, el ritmo dionisíaco de la
música y la peregrinación anual de cientos de miles de personas para
participar del encuentro revelan que la Love Parade, más allá de haber sido
capturada por la industria cultural (como afirman sus detractores) sigue siendo
una gran fiesta del sincretismo y una expresión comunitaria de la juventud.
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Ana Spadafora: Antropóloga (UBA). Investigadora del CONICET. Docente de la Facultad de Filosofía y Letras - UBA y del INAP
Ariana Vacchieri: Comunicóloga, especializada en medios y procesos culturales. Docente de grado en la Universidad de Buenos Aires y de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Ha publicado diversos trabajos sobre televisión, consumos culturales y comunicación de políticas sociales.
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© Lena Szankay
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